LA ODISEA: UN VIAJE INTERIOR

LA ODISEA: UN VIAJE INTERIOR

Dentro de la mitología clásica encontramos numerosos mitos y leyendas con un profundo significado esotérico y que son alegorías de experiencias personales de superación y transformación interior. Legendarias historias y aventuras, epopeyas de grandes hazañas, de batallas épicas, conquistas y luchas de poder, que tienen como protagonistas a dioses inmortales, héroes mitológicos, gigantes, hechiceras, criaturas mágicas, etc. La historia de Prometeo, las doce pruebas de Hércules, la Caja de Pandora, Perseo y Medusa, la caída de Ícaro y otras muchas, son algunas muestras que impregnan las culturas y tradiciones populares de los últimos tres mil años y donde encontramos un buen caldo de cultivo para las manifestaciones de los deseos y las pasiones de sus protagonistas. De todas ellas emerge con fuerza “La Odisea”, que relata el interminable, tortuoso y tempestuoso viaje de su protagonista Ulises para llegar a Ítaca, su patria y hogar tras la guerra de Troya. Es un viaje que va más allá de su significado literal y que esconde un profundo significado esotérico, de autodescubrimiento y transformación interior del propio Ulises, de superación de las adversidades externas e internas: de dioses y diosas, de reyes, enemigos ocultos, del clima adverso, de la naturaleza hostil, pero también de sus miedos, temores, inseguridades, sufrimiento, dolor, tristeza, etc. Muchos factores intervienen en esta metamorfosis. Tiene lugar una desnudez, una purificación del Ser, empezando por la personalidad del protagonista, hasta llegar a comprender la importancia del reencuentro con su parte anímica, con su alma personificada en su esposa Penélope a la que había dejado lejos para entrar en combate en la guerra de Troya. Cuando se despoja de todas sus vestiduras de héroe, de guerrero, de rey, y de los estados de ira, odio, de violencia y otras emociones negativas; de lo artificial, de lo irreal, y es arrastrado por la fuerza del mar a la orilla de su patria Ítaca, y ya en su palacio, su morada, que es él mismo, se libera de sus yoes negativos, de los pretendientes que acosan a Penélope, a su esencia, su alma oculta en lo más recóndito del palacio, de su Ser. Entonces, libre de todos estos velos es cuando puede reconocer a su parte anímica, su esposa, que está en su hogar, en su reino, está en él, donde siempre había estado y que ahora regresa para completarse como una totalidad.

En este viaje interior y exterior, el mar como vehículo catalizador y transformador es testigo de cómo Ulises sufre un progresivo desprendimiento de partes de su Ser, partes de él que siempre le habían acompañado, sus yoes, sus diferentes personalidades, como sus compañeros en este viaje, su tripulación y que junto a su embarcación son parte inseparable de su vida y de sus decisiones en cada acontecimiento que aparece en su trayecto de regreso a casa. Llega a su hogar sólo, purificado, despojado de los yoes dañinos, como un nuevo hombre que se reencuentra con su parte esencial.

El viaje de Ulises es un camino que muchos de nosotros experimentamos en este viaje que es la vida, en nuestra propia embarcación o vehículo, que es nuestro cuerpo gobernado por nuestros yoes, como la tripulación que maneja y toma las decisiones a cada instante. El capitán del barco, como el Ulises que está en nosotros, nuestro yo más real, más consciente, no siempre está al mando y es llevado repetidamente a estar perdido en el mar de la vida sin alcanzar su destino y unión con su parte más esencial. Como decimos en este trabajo de autoconocimiento, que la personalidad se torne pasiva para que la esencia pueda estar activa y encontremos así nuestro propósito de vida, nuestro destino, nuestra Ítaca en esta historia personal. Nuestras vidas están llenas de hechiceras, cantos de sirena, dioses, gigantes y dentro de nosotros también habitan todos estos personajes, en forma de yoes, como metáforas de distracciones y obstáculos para que no despertemos y que hacen de segunda fuerza o fuerza contraria a nuestros propósitos iniciales de regresar a casa, de “Despertar”. El embrujo de la vida nos oculta la verdad y nos muestra su cara más ilusoria.

Todos tenemos en este viajar por la vida y en nuestro viaje interior nuestra particular isla con tesoros o situaciones donde quedamos atrapados. Un gigante Polifemo como emoción negativa que nos devora por dentro. Una hechicera Circe que nos embruja con sus palabras. Vientos, tormentas, remolinos, olas, como pensamientos y sentimientos negativos, que nos llevan sin rumbo definido por la vida, dando tumbos. Sirenas que nos embrujan como las adicciones o identificaciones, que nos hacen olvidar nuestros propósitos y metas. Enemigos en las sombras que quieren invadir nuestro hogar. Una diosa Calipso en su isla, como fantasía a la que nos aferramos por mucho tiempo y que nos aleja de nuestro hogar, de nosotros mismos. Gigantes crueles que nos devoran sin piedad como el Orgullo y la Vanidad. Un dios Poseidón creador de continuos obstáculos, contrariedades a nuestros proyectos y a nuestro trabajo personal y que lo hacen inalcanzable. Pero también tenemos una diosa Atenea como nuestra conciencia sepultada o nuestra parte más consciente que nos guía por este camino. Y remotos y escondidos lugares como el pueblo de los feacios donde asisten y guían a los viajeros extraviados a volver a su hogar, colmándolos con bellos y valiosos presentes, igual que la Escuela y el Trabajo de autoconocimiento nutren de enseñanzas al que busca la verdad escondida en su Ser. Todo este simbolismo presente a lo largo de la historia son referencias, señales y pistas, una especie de mapa de navegación que nos muestra la ruta a nuestro hogar psicológico.

La Odisea es el mágico viaje de Ulises y el que hacemos muchos de nosotros en esta vida que tenemos, en la búsqueda de nuestro lado más real y verdadero. A más conciencia y estar presente en el trayecto, mayores serán las posibilidades de alcanzar nuestra propia Ítaca, la integración de todas las partes de nuestro Ser.