EL VIAJE
Suena el despertador. Es viernes 8 de mayo, día de trabajo. Comenzar la rutina diaria es una tarea complicada, salir de la cama, dar el primer paso … Aún es de noche, con los ojos todavía a medio abrir, intento dirigir la mirada y mis pensamientos al lugar donde está la ropa que voy a llevar. Visita al baño, desayuno rápido y breve; ejercicios rutinarios, revisar la mochila con todo lo necesario para la jornada laboral, igual que el excursionista que va a la montaña. Mi excursión diaria es salir a paso ligero del edificio donde vivo en dirección a la estación de metro. En mi camino, bajo las farolas todavía encendidas, otros aventureros como yo siguen la misma ruta para adentrarse bajo tierra en las entrañas de la gran ciudad, en los dominios de la gran serpiente de acero que engulle a miles de ciudadanos cada día. Miradas perdidas, rostros serios son prisioneros de los teléfonos móviles, mientras el indicador de la luz roja se desplaza por los nombres de las estaciones. Aún quedan unas cuantas para mi destino y puedo por un rato tomar el asiento duro del vagón para cerrar los ojos y escuchar sólo las puertas que abren y cierran, y el pitido de aviso. Ultima parada y sigo a una riada humana hacía la superficie, donde nuestros caminos se separan. Yo sigo el camino de la parada del autobús donde encuentro muchas caras conocidas esperando la llegada del gigante con ruedas. Con suerte si acierto el lugar donde para y tengo la puerta cerca puedo encontrar asiento libre. Sentado junto a la ventana veo unas finas nubes que acompañan al sol a salir de su letargo. El autobús recoge los últimos pasajeros antes de tomar la carretera principal en dirección a los lugares de destino. La misma ruta día tras día, a la misma hora, prácticamente los mismos pasajeros, como en la película del día de la marmota. Falta muy poco para dejar la carretera principal y seguir con la que lleva a las ciudades que marca la ruta de esta línea de bus. De repente el conductor hace un giro brusco y cambia al carril contrario del que marca la ruta, y sigue por la carretera principal para tomar la autovía general. Algunos de los que no estamos atrapados por los móviles nos miramos con cara de asombro. La mayoría no se ha dado cuenta. El autobús sigue con paso firme en dirección a lo desconocido. Algunos de los pasajeros se acercan al conductor para ver que pasa, pero éste encerrado en su cabina está en silencio con la mirada puesta en la carretera. El nerviosismo nos invade a todos por esta situación inesperada. Algunos golpean los cristales de la cabina del conductor, pero no se inmuta, otros envían mensajes o llaman para avisar del imprevisto. Un sentimiento de pánico empieza a crecer en mi interior. Todos estamos muy alterados con esta situación surrealista. Un murmullo general invade cada centímetro del bus. Pasan los minutos y miro por la ventana para ver que nos depara el destino y en cuestión de poco tiempo, sin una explicación lógica nos encontramos de frente con la inmensidad del mar; un mar brillante, imponente, engrandecido por un sol orgulloso y provocador recién aparecido en el horizonte. El autobús se dirige a toda velocidad en dirección a la playa por el paseo marítimo, sale de la carretera bruscamente y se adentra en la arena abriéndose paso con dificultad dando botes, con paso torpe en dirección al agua, hasta que las ruedas llegan a besar las olas del mar. El autobús para en seco. Todos nos miramos con cara de incredulidad, desconcertados, pero con la sensación de estar viviendo una situación irrepetible. Por fin el conductor se levanta, sale de la cabina con los ojos iluminados por la luz de la mañana, nos mira fijamente y dice: “sólo quería mostrarles que es posible cambiar el rumbo de nuestras vidas, algunos de ustedes han tenido este pensamiento en la cabeza y yo me encargué de hacerlo realidad.” Y no dijo más. Están fueron las últimas palabras que escuché, porque en ese instante el sonido del aviso de la próxima parada me sacó del sueño. Me había quedado dormido unos minutos. En la siguiente parada ya tenía que bajar para seguir caminado hasta mi lugar de trabajo.
Si podemos ver el autobús como si fuéramos nosotros, el conductor podría ser nuestra esencia, nuestra parte más real y los pasajeros nuestro lado más mecánico: la personalidad y sus yoes…